Educación y compromiso social
Carmen Patricia Mendoza Ríos
El compromiso social de la educación y del educador,
ante el panorama al que se enfrenta, debe revalidarse, reconceptualizarse, pues
creemos con Martínez (2001) que "el compromiso radical de la escuela con
la educación del ser humano no puede eludir su posición crítica con las
políticas de injusticia y desigualdad. Ésta debe seguir siendo una cuestión
básica en todo educador."
Desde esa perspectiva el docente, como agente
primordial del proceso educativo, debe definir un compromiso profundo y
permanente con sus alumnos y con su práctica, de manera de responder a lo que
la realidad le demanda en favor de la formación de éstos y como consecuencia de
ella, de la formación de la sociedad y la cultura; compromiso que implica una
toma de conciencia -es decir se opone a la enajenación, o sea a "la
pérdida, por el hombre, de lo que constituye su propia esencia y por
consiguiente, la dominación del objeto sobre el sujeto.
Los profesores, quienes serán los responsables del
aprendizaje de sus alumnos, con todo lo que ello implica, son a su vez
aprendices de otros profesores, de los que van a recibir las nociones que les
van a permitir crear sus propias concepciones respecto de su labor docente y su
rol social. Entonces es primordial que se reflexione acerca de sus procesos de
formación.
La formación docente entonces no puede ser una mera
revisión de fórmulas didácticas o un adiestramiento en disciplinas específicas,
tiene que ser el espacio que acoja la inquietud del profesor por trascender, el
lugar en donde, mediante la reflexión, pueda aclarar su posición respecto de la
problemática educativa, su rol en la dinámica social, su forma de entender el
mundo.
La sociedad valora al maestro desde los
mismos parámetros que él suscita y propone como procesos y estructuras de
formación de los sujetos y los reconoce como maestro en tanto representa y
expresa los valores socialmente reconocidos en el espacio de su propia práctica
educativa.
La educación como discurso
propone las finalidades éticas como expresiones de valor y aspiraciones de
dignificación humana. El maestro es convocado, a través de los tiempos, a
gestar en el proceso vital de las personas las condiciones de su sujeción a los
fines sociales, mediante un proceso al
que se le ha denominado educación o formación, que señala los límites
ético-políticos a su propia práctica profesional.
La profesionalidad del educador, desde el
punto de vista de la formación, ha de asumir en
forma radical los criterios que caracterizan las "profesiones
modernas", a partir de los cuales son reconocibles por lo menos cinco
dominios:
el dominio de los problemas de la realidad
educativa que han de ser objeto de estudio e intervención.
El
dominio de las teorías que ayudan a explicar y comprender la realidad y
permiten crear escenarios de futuro; el dominio de una práctica con
responsabilidad social basada en competencias propias, distinguibles de otras
profesiones.
El dominio de la pedagogía en su doble
carácter, filosófico y científico, a partir de la cual se delimiten, expliquen
y comprendan tanto los problemas como las teorías referidas a la educación y a
la enseñanza y desde la cual el maestro fundamente su identidad y su compromiso
con los fines de la educación.
y el
dominio del ethos de la profesión
entendido en el marco de las dimensiones históricas, éticas y normativas que
orientan y regulan su ejercicio profesional y su ser como persona.
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