miércoles, 12 de diciembre de 2018

Ana Danitza Dugay Aguirre


Compromiso Como Docente
Ana Danitza Dugay Aguirre
Yo como futura docente tengo que asumir mis deberes y obligaciones, que entre ellas son siempre estar en constante actualización nunca dejar de buscar nuevos temas que sean interesantes en la educación de los niños de este país, tener una excelente comunicación con los padres de familia, con mis colegas de trabajo y siempre mantener el respeto. Una de mis obligaciones es siempre cuidar de mis alumnos, buscar el bien para ellos dar lo mejor de mi en cada clase que aplique en el aula de clases, promover el respeto entre ellos y contribuir en su desarrollo.
Ante este panorama y la potente demanda social, el profesor, hoy más que nunca, es un actor fundamental, pues tiene un compromiso mayor que el de solo transmitir conocimientos. Por lo tanto, él tiene que ser el primer convencido de su vocación, de lo que enseña, por qué y para qué lo hace
Para enseñar no basta con saber la asignatura; además, el profesor tiene que saber cómo enseñar, pero, fundamentalmente, saber cómo aprende el alumno, pues este es el elemento más importante del proceso educativo. Una de las tareas educativas es que el alumno aprenda a vivir en sociedad. En este marco, la tarea del docente conlleva un compromiso con su labor y, por ende, con la sociedad, ya que la representa, así como a su historia, cultura, conocimiento y sus valores.
Todo esto compromete al maestro no solo a dominar su materia, sino también saber cómo enseñarla, pero, principalmente, en lo que se refiere a su manera de ser. Esto último quiere decir que debe ser coherente con lo que dice y hace. Esta forma de actuar debe ser congruente con sus principios y valores personales, así como con los de la institución. Este compromiso ético con la educación abarca una actuación constante con ciertos principios, pues la percepción del alumno sobre su profesor lo influye considerablemente.
Esto lleva al maestro a asumir un compromiso ético y social que va más allá de la mera transmisión de conocimientos. Sólo así, el prestigio social de la tarea docente, tan venida a menos en las últimas décadas, podrá fortalecerse, interiorizando los valores éticos que una educación democrática y justa promueve.

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